Ciudad
Mañanas:
Por mi ventana la cordillera asoma sus rayos de sol helados…
Corro la cortina y aparece el porfiado y eterno lucero del oriente azul y navegante.
El agua recorre mi cuerpo sin tocar mis ojos, que miran los azulejos blancos.
Desayunos de cocoa me acompañan de hace años, la misma mitad de pan sin nada y las noticias no escuchadas pendiente de la hora.
Asomo como hace años por la misma puerta, las pisadas donde mismo y la mirada donde mismo… mi mejor trinchera, mi mejor ruptura de horizontes… la cordillera
(Eso cuando la contaminación lo permite).
Desenvaino mi katana y cuan samurai, me abro paso en plena batalla para subir al metro. Mis músculos de indígena me protegen de estrellones y prepotentes…
Me siento un Levtarú moderno… contra los mismos de siempre…
Tardes:
Son rojas y púrpuras nubes estacionadas las tardes en la ciudad. Son de helados y jugueteos con mis amigas… son de tirarse en el pasto y esperar a ver como el sol se cae a lo desconocido detrás de algún edificio. Son paseos por el árbol de pascua llamado mall a jugar a ser platudo y disfrazarse de niño bien. Y esperar… esperar la hora del regreso
Otras batallas distintas en el metro y las micros-cavernas-tiranosaurios.
Prender el televisor por inercia y pensar en el mañana sentado en la cuneta…
Noches
Es un manglar infestado de serpientes y arañas peludas con sus venenos.
Es un descuido y ZAS… acabo la leyenda del gran Sebastián. A lo lejos se escuchan familiares disparos y de las esquinas comienzan a asomar ojos rojos y garras afiladas.
Hago como que no las veo y me dedico a mirar otra vez las luces de postes y semáforos.
Corro sin mirar atrás y aguanto al máximo mi respiración y dejo pasar las manos
Extrañas egoístas. Ahí aparecen los ladrillos de mi casa a darme la bienvenida y preguntando como fue mi día sin el olor a tabaco de mi dormitorio, les sonrió y siempre respondo –BIEN-.
Por fin estoy donde quiero… entre la realidad y mi cama

